Cuentos populares
Cuentos populares A principios del siglo XIX, cuando no habÃa ferrocarriles, carreteras, alumbrado de gas, velas de estearina, divanes de muelles, ni más muebles que los pintados de laca; cuando no existÃan los jóvenes desengañados con monóculo, las mujeres filosófico-liberales ni las damas de las camelias que tanto abundan en nuestros dÃas; en esa época ingenua en que, para ir de Moscú a San Petersburgo se utilizaba un carro o un coche de caballos y se viajaba ocho dÃas con sus respectivas noches por caminos polvorientos o cubiertos de barro, con toda una provisión de platos caseros; cuando en las largas veladas de otoño, familias formadas por veinte o treinta personas se alumbraban con bujÃas de sebo; cuando se colocaban simétricamente los muebles; en esa época en que nuestros padres no sólo eran jóvenes, por no tener arrugas ni cabellos grises, sino porque estaban dispuestos a suicidarse por una mujer y se precipitaban al extremo opuesto del salón para recoger pañuelitos, que no siempre caÃan por casualidad; cuando nuestras madres llevaban el talle alto y mangas enormes, y resolvÃan los problemas familiares echándolos a suerte, y las encantadoras damas de las camelias se ocultaban de la luz del dÃa; en esa ingenua época de las logias masónicas y de los martinistas, en los dÃas de los Miloradovich, de los Davydov y de los Puschkin, en la provinciana ciudad de K*** se celebraba una reunión de propietarios, y tocaban a su fin las elecciones de los mariscales de la nobleza.