Cuentos populares
Cuentos populares —SÃ, eso piensan ustedes los hombres —replicó la señora, sin darse por vencida y volviéndose hacia nosotros—, ustedes se han reservado la libertad para su uso solamente; en cuanto a la mujer, quieren encerrarla en un serrallo. A ustedes les está permitido todo. ¿No es cierto?
—¡Un hombre es muy diferente!
—¿De modo que, según usted, al hombre le está permitido todo, verdad?
—Nadie ha dicho tal cosa, señora; lo que hay es que, si el hombre anda en malos pasos fuera de casa, no por eso se aumenta la familia; pero la mujer, la esposa, es un cristal que fácilmente se rompe —continuó el comerciante con la misma severidad.
Su tono autoritario subyugaba evidentemente al auditorio; la misma señora se veÃa derrotada, pero no se daba por vencida.
—SÃ; pero usted admitirá seguramente que la mujer es un ser humano, y tiene sentimientos, como el marido. ¿Qué debe hacer, pues, si no quiere a su esposo? Diga usted.
—¡Si no le quiere!… —dijo el viejo, descomponiéndose y frunciendo el ceño—. ¡Pues no faltaba más! ¡Se la obliga a que lo quiera!
Este argumento inesperado pareció de perlas al comisionista, que se creyó en el caso de acogerlo con muestras de asentimiento.