Cuentos populares

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—Antes no se hacían semejantes distinciones, —replicó el anciano en tono grave—. Ahora es cuando ha entrado eso en las costumbres. Tan pronto ocurre la cosa más pequeña en el matrimonio, la mujer dice: «Ahí te quedas; yo me voy de esta casa». Hasta entre los aldeanos se ha aclimatado la moda: «Toma, aquí tienes tus camisas y tus calzones; ¡yo me voy con Vanka, que tiene el pelo más rizado que tú!». ¿Es posible entenderse con ésas?… Y, sin embargo, lo primero para toda mujer, debe ser el temor al marido.

El viajante nos miró al abogado, a la señora y a mí, reprimiendo una sonrisa, y dispuesto a burlarse de las palabras del comerciante o a aprobarlas, según la actitud de los demás.

—¿Qué temor? —preguntó la señora.

—¿Qué temor? ¡Pues el temor del marido! Ya lo he dicho; sí, del marido.

—Eso se acabó para siempre.

—No, señora; eso no puede acabarse nunca. Eva, es decir, la mujer, salió de una costilla del hombre, y no será otra cosa hasta el fin del mundo dijo el anciano, meneando la cabeza tan severamente y con tales aires de triunfo, que el viajante, creyendo decidida en su favor la victoria, soltó una estrepitosa carcajada.


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