Cuentos populares

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—El que no haya servido en caballería nunca podrá entendernos —concluyó, con su voz de bajo, sentándose en una silla a horcajadas y avanzando la mandíbula inferior—. A veces, iba a la cabeza del escuadrón, montando un caballo que era el mismísimo demonio. Se me acercaba el comandante que pasaba revista. «Teniente: haga desfilar el escuadrón. Ya sabe que sin usted no se hace nada». ¡Ah, qué tiempos aquéllos!

Turbin volvió de la casa de baños con el rostro muy encendido y el cabello mojado. Entró en la habitación número siete. Allí lo esperaba el oficial de caballería, en batín, fumando en pipa, contentísimo con la suerte que la había tocado, la de compartir su cuarto con célebre húsar.

«¿Y si se le ocurre desnudarme y llevarme a las afueras de la ciudad para dejarme abandonado en la nieve? ¿Y si me unta de alquitrán o me…? —se preguntó de pronto—. Pero no, no haría eso con un compañero».

—¡Sashka, tienes que dar de comer a Blucher! —ordenó Turbin.

El criado acudió a la llamada de su amo; había tomado vodka durante el viaje y estaba algo borracho.

—¡Has bebido, canalla! Anda, dale de comer al perro.


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