Cuentos populares

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«¿Qué hacer ahora? Tendré que pedir dinero prestado a alguien y marcharme». Una señora pasó por la acera junto a él. «Qué mujer más tonta», se dijo, sin saber por qué. «No tengo a quien pedir prestado ese dinero. He echado a perder mi juventud». Llegó al mercado. Un comerciante, con pelliza de piel de zorro, estaba junto a su tienda haciendo el artículo de sus mercancías. «Si no hubiese retirado aquel ocho, habría vuelto a ganar lo que perdí». Una mendiga viejecita lo siguió gimoteando. «No tengo a quien pedir dinero», volvió a decirse Ilin. Pasó un coche con un señor que llevaba pelliza de piel de oso; más allá, vio a un guardia. «Si pudiera hacer algo extraordinario. ¿Disparar sobre ellos? No; eso sería aburrido. He echado a perder mi juventud. ¡Qué colleras tan bonitas han puesto ahí! ¡Qué bien me vendría ahora una troika! Voy a volver al hotel. Lujnov no tardará en venir y nos pondremos a jugar».

Cuando estuvo de vuelta, echó la cuenta de nuevo. No; no se había equivocado. Faltaban dos mil quinientos rublos del dinero del Tesoro. «Pondré veinticinco rublos en la primera… y así hasta siete veces; luego, quince, treinta, sesenta… hasta llegar a tres mil. Compraré esas colleras y me marcharé. Pero no me dejará ese bandido… He echado a perder mi juventud». Tales eran los pensamientos del ulano cuando Lujnov entró en su cuarto.


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