Cuentos populares

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En aquel momento entraron el conde Turbin y Zavalshevsky. Casualmente, Ilin y el conde pertenecían a la misma división. Inmediatamente, se hicieron amigos, brindaron con champaña y, al cabo de cinco minutos, se tuteaban ya. Sin duda, Ilin había resultado muy simpático al conde. Sin cesar, lo miraba risueño y le gastaba bromas.

—¡Qué gallardo es este ulano! ¡Vaya bigotazos! ¡Vaya bigotazos!

Ilin tenía tan sólo un ligero bozo blanco por encima del labio superior.

—¿Se disponía a jugar? ¿Verdad? —preguntó Turbin—. Quisiera que ganases, Ilin. Supongo que eres todo un maestro en el juego —añadió, sonriendo.

—Sí; nos estamos preparando —contestó Lujnov, mientras rompía una docena de cartas—. ¿Y usted no juega, conde?

—No; hoy no. Si jugara, les ganaría a todos. Cuando me pongo, hago saltar cualquier banca. No tengo dinero para jugar. He perdido todo en la estación de Volochok. Me encontré allí con un oficial de infantería, un individuo con muchas sortijas. Debía de ser un estafador. Y me ha despojado por completo.

—¿Estuviste mucho tiempo allí? —preguntó Ilin.


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