Cuentos populares
Cuentos populares —Veintidós horas. En mi vida podré olvidar esa maldita estación. Tampoco me olvidará el maestro de postas, te lo aseguro.
—¿Por qué?
—Cuando llegué, el maestro de postas se apresuró a salirme al encuentro. ¡TenÃa una cara de bribón! Me dijo que no tenÃa caballos. He de advertirte que tengo una costumbre establecida: si en una estación de postas me dicen que no hay caballos, entro en la casa con la pelliza puesta y ordeno que abran las ventanas y las puertas so pretexto de que hay tufo. Asà lo hice esta vez también. Supongo que recuerdas las heladas que hubo el mes pasado, ha llegado a hacer hasta veinte grados bajo cero. El maestro de postas empezó con disculpas y yo le di un puñetazo en plena boca. En esto, una vieja y unas mujeres con niños armaron un gran alboroto y recogieron sus bultos, dispuestas a echar a correr… Me acerqué a la puerta y dije al maestro de postas: «Si me das caballos, me marcharé en seguida; ¡pero como no me los des, no dejaré salir a nadie, y todos se helarán!».
—¡Muy bien! Eso es lo que se suele hacer para que se hielen las cucarachas —exclamó el terrateniente, echándose a reÃr.