Cuentos populares
Cuentos populares —Pero, en un descuido, se me escapó el maestro de postas con las mujeres, quedando en rehenes tan sólo una vieja. Echada sobre la estufa, rezaba sin dejar de estornudar a cada momento. Al cabo de un rato, empezamos las negociaciones. El maestro de postas vino repetidas veces a suplicarme que soltara a la vieja y yo lo amenazaba con soltar a Blucher. Mi perro ataca admirablemente a los maestros de postas. A pesar de todo esto, ese miserable no me dio caballos hasta el día siguiente. Mientras tanto llegó ese oficialillo… Fuimos a una habitación. Muy condescendientes, los jugadores se pusieron a hacerle fiestas. Era evidente que deseaban ocuparse en algo bien distinto.
—Señores, ¿por qué no empiezan a jugar? No quiero molestarlos. ¡Soy tan charlatán! —exclamó Turbin.