Cuentos populares

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Empezaron a jugar. Lujnov tallaba con exactitud, como una máquina. De cuando en cuando, se interrumpía y apuntaba algo o, mirando por encima de sus lentes con expresión severa, decía con voz débil: «Juegue». El grueso terrateniente hablaba en voz alta y doblaba las esquinas de las cartas con sus dedos rollizos. El oficial de guarnición anotaba algo en silencio en el reverso de las cartas, doblando ligeramente las esquinas debajo de la mesa. Sentado junto al que llevaba la banca, el griego seguía atentamente el juego con sus negros ojos hundidos como si esperara algo. En pie, al lado de la mesa, Zavalshevsky empezaba a agitarse sin más ni más. Sacaba del bolsillo del pantalón un billete de diez o de veinte rublos, lo colocaba encima de una carta y, dando una palmada, decía: «¡Tráeme suerte!». Luego, mordisqueándose el bigote, se apoyaba en un pie o en otro y no cesaba de moverse hasta que saliera la carta. Ilin comía ternera con pepinos salados. Tenía el plato junto a sí, sobre el diván. Se limpiaba rápidamente las manos en la guerrera y ponía una carta tras otra. Turbin, que se había sentado a su lado, no tardó en comprender lo que ocurría. Lujnov no hablaba para nada con el ulano, ni siquiera lo miraba; pero, a ratos, sus ojos se dirigían un instante hacia la mano del joven, que no hacía más que perder.

—¡Me gustaría matar esta carta! —exlamó Lujnov.


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