Cuentos populares

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Se refería a una carta del grueso terrateniente, que jugaba poniendo medio rublo.

—¡Mate las de Ilin y déjeme en paz! —repitió el propietario.

Ilin perdía con más frecuencia que los otros. Y cada vez rompía con gesto nervioso la carta que había perdido y elegía otra con manos trémulas. Turbin rogó al griego que le permitiera sentarse junto al que llevaba la banca. El griego se instaló en otro sitio. Y el conde siguió con atención las manos de Lujnov.

—¡Ilin no sabe jugar! —exclamó de pronto.

Había hablado con el tono de costumbre. Sin embargo, dominó las demás voces, y eso que no había tenido intención de hacerlo.

—Ya puede jugar como sea; siempre es lo mismo.

—Permíteme que apunte por ti.

—No, perdona. Tengo costumbre de hacerlo yo mismo. Juega por tu cuenta, si quieres.

—He dicho que no voy a jugar; pero quiero apuntar por ti. Me molesta que pierdas.

—Se ve que ése es mi destino…

Turbin guardó silencio. Apoyado en la mesa, siguió mirando con atención las manos de Lujnov.

—¡Malo! —exclamó de repente.

Lujnov se volvió hacia él.

—¡Malo! ¡Malo! —repitió, en voz más alta, mirando a Lujnov a los ojos.


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