Cuentos populares
Cuentos populares Continuaron jugando.
—¡Ma-a-a-a-lo! —volvió a decir Turbin, cuando Lujnov mató una carta de Ilin.
—¿Qué es lo que le disgusta, conde? —preguntó, con aire cortés e indiferente, el de la banca.
—Que le dé a Ilin las simples y mate las dobles. Esto está mal.
Lujnov se encogió ligeramente de hombros y continuó jugando.
—¡Blucher! ¡Ven aquí! —gritó Turbin, poniéndose en pie—. ¡A ése!
En su carrera, el perro tropezó con el diván y estuvo a punto de derribar al oficial de guarnición. Cuando estuvo junto a su amo, empezó a aullar, mirando a los presentes y moviendo el rabo, como si preguntara: «¿Quién es el que arma tanto jaleo?».
Dejando las cartas, Lujnov se apartó de la mesa.
—¡Así no se puede jugar! Me desagradan los perros. ¿Cómo va uno a jugar bien con esta jauría?
—Sobre todo, tratándose de un perro de esa raza; me parece que los llaman sanguijuelas —le apoyó el oficial de guarnición.
—Bueno, Mijail Vasilievich ¿jugamos o no jugamos? —preguntó Lujnov.
—Por favor, no nos molestes, Turbin —rogó el ulano.