Cuentos populares

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IV

Los músicos, siervos del mariscal, se hallaban en el comedor, dispuesto para el baile. Al recibir la señal convenida, empezaron a tocar la antigua pieza polaca Alejandro e Isabel; y, a la clara luz de las velas de cera, desfilaron por el parquet de la gran sala el gobernador general, que ostentaba una estrella, dando el brazo a la esposa del mariscal; éste con la gobernadora, etcétera. Todas las autoridades de la provincia habían formado parejas, unos con las mujeres de otros. En aquel momento entró Zavalshevsky con su frac azul de enorme cuello —dejaba a su paso una estela de perfume de jazmín con el que se había aromado el bigote, las solapas y el pañuelo—, acompañado del apuesto húsar, que llevaba pantalón azul claro, muy ceñido, y guerrera bordada en oro, en la que lucían la cruz de San Vladimiro y una medalla del año 1812. Sin ser alto, Turbin estaba muy bien constituido. Sus brillantes ojos azules y sus rizados cabellos, de un rubio oscuro, imprimían un carácter interesante a su belleza.

En el baile esperaban al conde, porque el joven apuesto con quien se encontrara en la sala del hotel había anunciado su visita al mariscal. La impresión que causó esta noticia no fue demasiado agradable. «A lo mejor nos pone en ridículo este chiquillo», se dijeron las viejas y los hombres. «Tal vez nos rapte», pensaron las mujeres jóvenes y las muchachas.


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