Cuentos populares
Cuentos populares Pero el conde no tardó en vencer esa prevención, gracias a su amabilidad, su condescendencia y su agradable aspecto. Al cabo de cinco minutos, la expresión de la mujer del mariscal parecía decir a los circunstantes: «Sé perfectamente cómo hay que proceder con estos caballeros. Éste ha comprendido al punto con quién con quién trata. Se pasará la velada entera prodigándose amabilidades». El gobernador de la provincia, que había conocido al padre de Turbin, se acercó a éste y lo llevó aparte, para charlar un rato. Esto tranquilizó por completo aquella sociedad provinciana, elevando en su opinión al conde. Zavalshevsky le presentó a su hermana, una viudita joven y gruesa que, desde el momento en que llegara Turbin, no le quitó de encima sus grandes ojos negros. Turbin la invitó a bailar un vals. Su arte en el baile venció definitivamente la prevención general.
—¡Es un verdadero maestro! —exclamó una propietaria gruesa, siguiendo con la vista las piernas de Turbin, enfundadas en el pantalón azul, mientras contaba mentalmente: «Uno, dos, tres; uno, dos, tres…»—. ¡Un verdadero maestro!
—¡Qué bien baila! —comentó una señora de fuera, a la que consideraban poco distinguida en la sociedad provinciana—. ¿Cómo no se enganchará con las espuelas? ¡Es sorprendente! ¡Qué habilidad!