Cuentos populares

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Era tan extraña la impresión que producía al conde esa mezcla de ingenuidad y de ausencia de convencionalismos en la belleza de la viudita que, varias veces, al contemplar sus ojos y las bellas líneas de sus brazos y su cuello, sintió grandes deseos de abrazarla y de cubrirla de besos; y tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse. La viudita estaba satisfecha de la impresión que había producido. Pero había algo especial en el trato que le dispensaba el conde que le dio miedo y la llenó de inquietud, a pesar de que él no podía ser más respetuoso. Su amabilidad hasta parecía afectada para las ideas que se tienen ahora. Se apresuraba a traerle refrescos, recogía su pañuelito y una vez incluso arrebató una silla de manos de un joven propietario escrofuloso, que había querido servir a la dama, con el objeto de dársela más de prisa.

Pero, al darse cuenta de que la amabilidad mundana de aquella época no producía gran efecto en su dama, el húsar procuró hacerle reír contándole cosas divertidas. Le aseguró que, si se lo ordenaba, se pondría de cabeza, cantaría o se tiraría a un agujero hecho en un río helado. Y esto tuvo buen éxito. Animada, la viudita se echó a reír a carcajadas, mostrando sus magníficos dientes blancos. Estaba muy satisfecha de su caballero. Ella, por su parte, gustaba más por momentos a Turbin; y, hacia el final de la cuadrilla, él estaba sinceramente enamorado.


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