Cuentos populares
Cuentos populares Cuando se acercó a la hermana de Zavelshevsky su antiguo adorador, el hijo del propietario más rico de la provincia, el joven escrofuloso de dieciocho años a quien Turbin arrebatara la silla, ella lo acogió fríamente y no mostró ni la décima parte de la turbación que mostrara al hablar con el conde.
—¡Hay que ver cómo es usted! —exclamó, siguiendo con la vista la espalda de Turbin. Pensaba cuántos arshines de galón de oro se habían necesitado para bordar su guerrera—. ¡Hay que ver cómo es! Me prometió que vendría para llevarme de paseo y que me traería bombones…
—Fui a buscarla, Ana Fiodorovna; pero se había marchado ya. Le dejé unos bombones magníficos —replicó el joven, que, a pesar de su gran estatura, tenía una vocecita muy fina.
—Siempre encuentra alguna disculpa. No necesito para nada sus bombones. No vaya a creer…
—Ana Fiodorovna; veo que ha cambiado mucho con respecto a mí, y sé cuál es el motivo. Eso no está bien —dijo el joven; pero no acabó la frase, presa de una intensa agitación, que le hizo temblar los labios de un modo extraño.
La viudita no lo escuchaba, seguía atentamente con los ojos a Turbin.