Cuentos populares
Cuentos populares El mariscal, un viejo desdentado, enormemente grueso, se acercó al húsar y, cogiéndole del brazo, le invitó a su despacho a fumar un cigarrillo y a beber una copa. En cuanto Turbin hubo salido, Ana Fiodorovna juzgó que no tenía nada que hacer en la sala. Se dirigió al tocador del brazo de su amiga, una muchacha delgada, de cierta edad.
—¿Es simpático? —le preguntó ésta.
—Sí; pero es terrible su insistencia —dijo Ana Fiodorovna, mientras se acercaba al espejo.
Su semblante resplandeció, sonrieron sus ojos y hasta se cubrió de rubor. De pronto, imitando a las bailarinas que habían venido durante las elecciones, giró sobre un pie; y, echándose a reír, con su risa gutural que no dejaba de ser agradable, dio un brinco.
—Figúrate que ha llegado a pedirme algo de recuerdo, pero no le dará na-a-a-da —añadió, canturreando la última palabra, mientras alzaba un dedo de su mano, que la llevaba enguantada hasta el codo.
En el despacho del mariscal, había vodka de distintas clases, licores, champaña y entremeses. Envueltos en humo de tabaco, los nobles hacían comentarios acerca de las elecciones, sentados en grupos o paseándose.
—Cuando la nobleza de nuestra provincia lo ha honrado eligiéndolo… —decía el comisario de Policía, que estaba algo bebido— no ha debido faltar a la sociedad. No ha debido hacerlo…