Cuentos populares

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—¡Como le digas al lacayo que estoy aquí, te mataré, bandido! En cambio, si me guardas el secreto, te daré diez rublos —dijo Turbin, asomándose a la ventanilla de delante.

Apenas le dio tiempo de cerrarla, sintió una fuerte sacudida y el coche se detuvo.

Turbin se agazapó en un rincón. Tenía tanto miedo de echar a perder las cosas que hasta contuvo el aliento y cerró los ojos. Se abrieron las portezuelas y el estribo cayó con gran estrépito. Se percibió el rumor de un vestido femenino, penetró un perfume de jazmín, subieron unos piececitos ligeros y Ana Fiodorovna, enganchando los bajos de su capa en los pies del conde, se dejó caer en el asiento, respirando fatigosamente.

Nadie hubiera podido decir, ni siquiera ella misma, si había visto o no al conde. Cuando él le tomó la mano, diciendo: «Por fin puedo besarla», casi no se mostró asustada. No dijo nada, abandonándole la mano que Turbin cubrió de besos. El coche partió.

—Dime algo. ¿Estás enfadada? —murmuraba Turbin.

Ana Fiodorovna se retiró silenciosamente a un rincón del coche. De pronto, sin saber por qué, se echó a llorar, apoyando la cabeza en el pecho de Turbin.


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