Cuentos populares
Cuentos populares —¡Espera, que voy a subir! —replicó Turbin, abriendo la portezuela—. ¡Te digo que pares! ¡Condenado! ¡Majadero!
—¡Para, Vaska! —gritó el cochero, dirigiéndose al postillón, y detuvo a los caballos—. ¿Por qué quiere subir a este coche? Es de Ana Fiodorovna…
—¡Calla, estúpido! Toma un rublo, baja y cierra la portezuela —ordenó el conde.
Como el cochero no le hiciera caso, Turbin mismo recogió el estribo y cerró la portezuela, sacando la mano por la ventanilla.
Lo mismo que en todos los carruajes viejos, sobre todo en los adornados de pasamanerÃa amarilla, en el interior olÃa a podrido y a cuerdas quemadas. Turbin tenÃa las piernas empapadas dentro de las finas botas, y el cuerpo aterido. El cochero empezó a refunfuñar desde el pescante; sin duda se disponÃa a apearse. Pero Turbin no oÃa ni sentÃa nada. Le ardÃa la cara y le latÃa el corazón. Se agarró convulsivamente a la correa amarilla y, asomándose a una de las ventanillas laterales, esperó. La espera no fue larga. Se oyó gritar desde la escalinata: «El coche de la señora Zatsova». El cochero tiró de las riendas. El coche se balanceó sobre los altos muelles y las ventanas iluminadas de la casa pasaron corriendo una tras otra ante la ventanilla.