Cuentos populares
Cuentos populares Al terminar la escocesa, bailaron una mazurca, durante la cual el conde realizó prodigios, pillando pañuelos, poniéndose en una rodilla y juntando las espuelas al estilo varsoviano, de manera que hasta los viejos abandonaron el juego para presenciar el baile, y el mejor danzarín de la ciudad no pudo por menos de reconocer que le había superado. Después de cenar bailaron un Gross Vater y los invitados empezaron a despedirse. El conde no quitaba la vista de la viudita. No había exagerado al decir que estaba dispuesto a arrojarse por ella a un agujero hecho en un río helado. Fuese por amor, capricho o cabezonada, el caso es que sus fuerzas anímicas estaban concentradas en un solo deseo: verla y amarla. Al observar que Ana Fiodorovna empezaba a despedirse de la dueña de la casa, se precipitó a la habitación de los criados y, desde allí, sin ponerse siquiera la pelliza, salió a la calle, y se acercó a la fila de los vehículos estacionados.
—¡El coche de Ana Fiodorovna Zaitsova! —gritó.
Un alto carruaje de cuatro plazas se puso en marcha, en dirección al la entrada de la casa.
—¡Para! —ordenó Turbin al cochero y corrió hacia el coche, hundiéndose en la nieve hasta las rodillas.
—¿Qué desea? —preguntó aquél sin detenerse.