Cuentos populares
Cuentos populares A Turbin le desagradaron estas muestras de intimidad. Muy serio, miró en silencio al rostro de Zavalshevsky; y, de pronto, le espetó una injuria espantosa. El otro no supo si debía tomarla como ofensa o como broma. Optó por lo último; y, siempre risueño, volvió junto a su gitana para asegurarle que se casaría con ella después de Pascua.
Cantaron otra canción y luego volvieron a bailar. Todos encontraban aquello muy divertido. El champaña no se agotaba. Turbin bebió mucho. Sus ojos se cubrieron de un velo húmedo, pero se mantenía firme sobre las piernas; bailaba mejor que antes, hablaba con sensatez e incluso cantó con el coro. En medio de aquella orgía, el dueño de la fonda rogó a los asistentes que se fueran, pues eran cerca de las tres.
Agarrándolo por el cuello, Turbin le ordenó que bailara en cuclillas. Como el dueño se negara, lo puso de cabeza en el suelo, mandó que lo sujetaran y, ante la risa general, vació lentamente encima de él una botella de champaña.
Amanecía. Excluyendo al conde, todos estaban pálidos y agotados.
—¡Ya es hora de que me vaya a Moscú! —exclamó Turbin, levantándose—. Venid conmigo muchachos. Me acompañaréis… y tomaremos té.