Cuentos populares

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La familia se hallaba reunida en el pequeño salón de la vieja casita, cuyo balcón y ventanas abiertas daban al antiguo jardín de tilos, plantados en forma de estrella. Ana Fiodorovna, con una toquilla de color lila echada por los hombros, estaba sentada en el diván ante una mesa de caoba ovalada, haciendo solitarios. Su hermano llevaba unos pantalones blancos impecables y una levita azul. Sentado junto a la ventana, hacía una cadeneta de algodón blanco, labor que le había enseñado su sobrina y que le gustaba mucho. Ya no podía trabajar y sus ojos eran demasiado débiles para los periódicos. Pimochka, una niña recogida por Ana Fiodorovna, estudiaba sus deberes bajo la dirección de Liza, que hacía unas medias de lana para su lío.

Como siempre en esta época, el sol poniente arrojaba, a través de la alameda de tilos, sus oblicuos rayos sobre la última ventana y sobre la estantería colocada junto a ella. Reinaba un silencio absoluto tanto en el jardín como en el salón; podía oírse el rumor de las alas de una golondrina junto a las ventanas, los débiles suspiros de Ana Fiodorovna y los gemidos del anciano cuando se ponía una pierna sobre la otra.

—¿Cómo es esto, Lizanka? Siempre se me olvida —dijo de pronto Ana Fiodorovna, interrumpiendo los solitarios.

Sin dejar la labor de las manos, Liza se acercó a su madre.


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