Cuentos populares

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—Sí, excelencia —contestó el húsar, señalando con la gorra un vehículo que estaba junto a la verja.

Luego, se dirigió corriendo al zaguán de la isba. Allí se había reunido la familia del starosta en pleno para ver al oficial. Al ir a abrir la puerta, el soldado tropezó con una viejecita, que se apartaba para dejar paso al conde.

La casa era bastante amplia. Pero la limpieza dejaba algo que desear. El criado del conde, un alemán que vestía como un señor, había hecho ya la cama y estaba sacando la ropa de la maleta.

—¡Qué porquería de casa! —exclamó Turbin, indignado—. Diadenko, ¿es posible que no se haya podido encontrar alojamiento en casa de algún propietario?

—Si lo ordena su excelencia, echaré a alguno de su propia casa. Pero no le parecerá mejor que esta isba.

—Ya no merece la pena. Bueno, puedes retirarte.

Turbin se echó en la cama, poniendo las manos debajo de la cabeza.

—¡Johan, has vuelto a dejar un bulto en medio del colchón! —gritó al criado—. ¿Será posible que no sepas hacer una cama?

El alemán se acercó disponiéndose a enmendar su falta.

—No; ahora ya déjalo… ¿Dónde está mi bata?


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