Cuentos populares

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A pesar de que el sol declinaba ya, aún hacía calor cuando los húsares entraron en Morozovka. Delante del escuadrón, por una polvorienta calle de la aldea, corría una vaca que se había quedado rezagada del rebaño. De cuando, volvía la cabeza y se detenía mugiendo, sin que se le ocurriera que no tenía más que apartarse. A ambos lados de la calle, se agolpaban campesinos viejos, mujeres, niños y criados para ver pasar a los húsares. Éstos cabalgaban envueltos en una densa nube de polvo. A la derecha, venían dos oficiales montando hermosos caballos negros. Eran el comandante Turbin y un muchacho muy joven, apellidado Polozov, que había sido promovido recientemente de junker a oficial.

De una de las mejores isbas de la aldea salió un soldado y, quitándose la gorra, se acercó a los oficiales.

—¿Dónde nos han preparado alojamiento? —preguntó el conde.

—¿Para su excelencia? —murmuró el soldado, estremeciéndose—. Pues aquí, en casa del starosta. La han limpiado adrede. Pedí que lo alojaran en la casa de los señores, pero dicen que no pueden. ¡La dueña tiene un genio…!

—Está bien —replicó Turbin descabalgando y estirando las piernas ante la isba del starosta—. ¿Ha llegado mi coche?


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