Cuentos populares
Cuentos populares Su necesidad de amar insatisfecha sólo hallaba eco en la naturaleza y en la religión. Y Liza llegó a ser, por casualidad, una mujer activa, bondadosa, alegre, independiente, pura y profundamente religiosa. Bien es verdad que, a veces, sufría por pequeñas vanidades como, por ejemplo, al ver en la iglesia que sus vecinas llevaban sombreritos a la moda, traídos de la ciudad de K***, y otras veces, los caprichos de su vieja y malhumorada madre la indignaban hasta el punto de que se le saltaran las lágrimas; algunos días soñaba con el amor en la forma más absurda y quizá trivial; pero su actividad, que había llegado a ser necesaria para ella, disipaba estos sueños. Por tanto, a los veintidós años, el alma de aquella muchacha, cuya belleza física y moral estaba en su apogeo, no tenía mácula ni la atormentaba ningún remordimiento. Era de mediana estatura y más bien gruesa; tenía los ojos castaños y no muy grandes, leves ojeras y una larga trenza rubia. Andaba a grandes pasos, balanceándose un poco. Cuando estaba entretenida en algo, nada la alteraba; la expresión de su rostro parecía decir: «Qué a gusto y qué bien vive el que tiene a quien amar y la conciencia tranquila». Pero hasta en los momentos de pena, turbación o intranquilidad, su corazón bueno y recto —que no había echado a perder la inteligencia— se reflejaba a través de sus lágrimas, tanto en su ceño fruncido, como en las comisuras de sus labios crispados, en los hoyitos de sus mejillas o en sus ojos brillantes.