Cuentos populares
Cuentos populares Las mejores cosas suceden siempre por casualidad, pues, cuanto más se esfuerza uno, menos éxito tiene. Es poco frecuente que la gente de las aldeas se preocupe de dar educación a los hijos y por eso mismo, la mayoría de las veces, suele ser magnífica. Tal era el caso de Liza. Debido a su inteligencia limitada y a su carácter despreocupado, Ana Fiodorovna no le había dado una educación esmerada. No le había enseñado música, ni tampoco el útil idioma francés. Cuando tuvo de su marido a esa criatura sana y bonita, la puso en manos de una nodriza. Más adelante, se preocupaba de que le dieran de comer, de que la vistieran con trajecitos de percal y zapatos de cabritilla, de que la llevaran a pasear y a coger setas y bayas, y de que un seminarista la enseñara a leer, a escribir y a hacer cuentas. Al cabo de dieciséis años, se dio cuenta de que tenía en Liza un ama de casa dispuesta, bondadosa y alegre. Ana Fiodorovna solía tener siempre a alguna criatura recogida, bien de sus siervos, bien de las abandonadas. Desde los diez años, Liza había empezado a ocuparse de ellas; les enseñaba las primeras letras, las vestía, las llevaba a la iglesia y las reprendía cuando hacían travesuras. Luego, se había presentado su achacoso tío, a quien había tenido que cuidar como a un niño; también atendía a los criados y a los campesinos, que acudían pidiendo remedios contra sus enfermedades, los curaba con saúco, menta y alcohol alcanforado. Más adelante, tuvo también que gobernar la casa.