Cuentos populares

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Algo apaciguada, Ana Fiodorovna volvió a ocupar su sitio y hasta cogió las cartas, pero ya no hizo solitarios, sino que, apoyada sobre su rollizo codo, se sumió en reflexiones. «¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo pasa el tiempo!», se dijo, en un susurro. «Parece que fue ayer. Lo veo como si fuese ahora. ¡Qué divertido era!». Y las lágrimas brotaron de sus ojos. Ahora tengo a Lizanka… pero ¡es tan distinta de cómo yo era a su edad!… Es muy buena, pero…

—Lizanka, deberías ponerte el vestido de muselina para esta noche.

—¿Piensas invitarlos a cenar? No lo hagas, mamá; es mejor que no lo hagas —replicó la muchacha, experimentando una emoción invencible ante la idea de que vería a los oficiales.

Realmente no era tanto el deseo de verlos como el temor a una dicha inquietante que creía la esperaba.

—Tal vez quieran conocernos ellos, Lizochka —dijo Ana Fiodorovna, acariciando el pelo de la muchacha mientras pensaba: «No; no su cabello no es como el que tenía yo a su edad… ¡Cómo desearía para mi Lizochka…!».

Y, en efecto, deseaba algo para su hija; pero no podía imaginarse que se casara con el conde, ni tampoco desearle unas relaciones como las que tuviera ella con el difunto Turbin. Quizás deseara vivir otra vez, a través de su hija, los momentos que viviera con Turbin.


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