Cuentos populares
Cuentos populares El antiguo oficial de caballería se había alterado también por la llegada del conde. Se encerró en su habitación; y, al cabo de un cuarto de hora, salió de allí, vestido con guerrera y pantalón azul. Cuando entró en la sala, estaba confuso y complacido como una muchacha que se pone por primera vez un vestido de baile.
—Voy a ver cómo son los húsares de hoy día, hermana. El difunto conde era un auténtico húsar. ¡Veremos, veremos!
Los oficiales entraron en la habitación que les habían destinado por la parte de atrás de la casa.
—¿Acaso no estamos mejor aquí que en aquella isba llena de cucarachas? —exclamó Turbin, echándose en la cama tal y como estaba, con las botas cubiertas de polvo.
—¡Claro que sí! Pero uno se siente obligado con los dueños de la casa…
—¡Qué absurdo! Hay que ser práctico en todo. Indudablemente, les hemos dado una alegría viniendo… ¡Criado! Dile a la señora que te dé algo para tapar esa ventana. Temo que de noche sople el aire.