Cuentos populares
Cuentos populares En ese momento, el hermano de Ana Fiodorovna entró en la habitación para conocer a los oficiales. Aunque algo ruborizado, no dejó de contar que había sido compañero del difunto conde, que había gozado de su amistad y hasta llegó a decir que lo había protegido más de una vez. Pero no explicó si entendía bajo la palabra protegido el hecho de que Turbin no le hubiera devuelto los cien rublos, que lo hubiera tirado a la nieve, o le hubiera espetado aquella palabrota. El joven conde se mostró muy cortés con el antiguo oficial de caballería y le dio las gracias por el alojamiento.
—Perdone por la falta de lujo, conde —estuvo a punto de decir «excelencia», hasta tal extremo se había desacostumbrado de tratar con personas importantes—; la casa de mi hermana es pequeña. En cuanto a la ventana, la taparemos con algo y quedará bien —añadió cuadrándose. Con ese pretexto, abandonó la habitación, aunque en realidad lo hiciera para contar cuanto antes cómo eran los oficiales.
La hermosa Ustiushka vino con un chal de su señora para cubrir la ventana, y preguntó a los oficiales si querían tomar té.