Cuentos populares

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XII

Cuando los oficiales entraron en la estancia, Liza se ruborizó e, inclinándose, simuló añadir agua a la tetera, porque temió mirarlos. En cambio, Ana Fiodorovna se levantó presurosa para saludar a los jóvenes. Con los ojos clavados en Turbin, dijo que le encontraba un parecido extraordinario con su padre, le presentó a su hija y le ofreció té con mermelada y jalea hecha en casa. El corneta tenía un aspecto muy modestito. Nadie le hizo caso. Esto le alegró, porque así puso examinar detalladamente, hasta donde lo permitía el buen tono, la belleza de Liza, que le había sorprendido. El tío escuchaba la conversación que se había iniciado entre su hermana y el húsar, esperando el momento oportuno para relatar sus recuerdos de caballería. Había preparado su discurso de antemano. Mientras tomaban el té, Turbin encendió un cigarro y Liza tuvo que contenerse para no empezar a toser. Al principio, el conde sólo aprovechaba los pequeños intervalos de la charla de Ana Fiodorovna para contar algo; pero luego terminó por llevar la voz cantante. Una cosa chocó a los oyentes: Turbin empleaba palabras que tal vez se considerasen naturales en su círculo, pero que allí parecieron algo atrevidas, lo que asustó un poco a Ana Fiodorovna e hizo enrojecer a Liza hasta las orejas. El conde no se dio cuenta y siguió en ese tono con gran sencillez y serenidad.


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