Cuentos populares

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XIII

Después de tomar el té, Ana Fiodorovna invitó a los huéspedes a pasar a la sala; y volvió a ocupar su sitio.

—¿Quiere retirarse a descansar, conde? —preguntó—. ¿Cómo podría, entonces, entretener a mis queridos invitados? —prosiguió tras de una respuesta negativa—. ¿Juega a las cartas? Hermano, ¿por qué no organizas una partidita…?

—Pero si tú también juegas. Juguemos una partidita todos juntos —replicó el antiguo oficial de caballería—. ¿Quiere, conde? ¿Y usted?

Los oficiales accedieron. Liza trajo un paquete de cartas de su habitación. Solía utilizarlas para averiguar si se le pasarían pronto un flemón a su madre, si regresaría aquel mismo día su tío de la ciudad, si iría a visitarla una vecina, etcétera. Aunque llevaba dos meses en uso, esta baraja estaba más limpia que la de Ana Fiodorovna.

—Tal vez no les interese jugar con poco dinero. Ana Fiodorovna y yo solemos poner medio kopeck… Sea como sea, es ella la que nos gana siempre a todos.

—Como ustedes gusten; por nuestra parte, encantados —contestó Turbin.

—Entonces, pongamos un kopeck en honor a nuestros queridos huéspedes. A ver si me ganan a mí, que soy una vieja —exclamó Ana Fiodoroovna, arrellanándose cómodamente en el sillón.


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