Cuentos populares

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«A lo mejor les ganaré un rublo», pensó. Según envejecía, iba aficionándose al juego.

—¿Quieren que les enseñe unos juegos petersburgueses? —prosiguió Turbin—. Son muy entretenidos.

A todos les gustaron mucho aquellos juegos. El antiguo oficial de caballería incluso aseguró que los conocía, pero que se le habían olvidado. Ana Fiodorovna no lograba entenderlos. Cada vez afirmaba que la próxima vez jugaría bien y suscitaba grandes risas cuando, en medio del juego, volvía a equivocarse. Entonces se turbaba ligeramente y decía que aún no se había acostumbrado a esos nuevos juegos. No obstante, se tenían en cuenta sus faltas y se apuntaban sus pérdidas, tanto más cuanto que el conde, que estaba acostumbrado a jugar por todo lo alto, lo hacía con toda serenidad y sin comprender lo que significaban los golpecitos que le daba su compañero por debajo de la mesa, ni los errores que éste cometía.

Liza trajo jalea, mermelada de tres clases y manzanas de Oporto, conservadas por un método especial. Luego, se colocó tras de la silla de su madre y observó a los jugadores. De cuando en cuando, miraba a los oficiales y, sobre todo, las blancas manos de finas uñas rosadas del conde, que echaban las cartas y recogían las ganancias con gran seguridad y elegancia.


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