Cuentos populares
Cuentos populares Una de las veces, Ana Fiodorovna ganó por casualidad, pero no tardó en volver a perder y esto la inquietó.
—No importa, mamaíta; aún puedes recuperarte —dijo Liza, sonriendo. Quería a toda costa sacar a su madre de esa situación ridícula.
—¡Si al menos me ayudases! —exclamó Ana Fiodorovna, mirando a su hija con expresión de susto—. No sé cómo…
—Tampoco yo sé jugar a esto —replicó Liza, mientras echaba mentalmente la cuenta de las pérdidas de su madre—. ¡Estás perdiendo mucho! No podrás comprarle el vestido a Pimochka si sigues así —añadió en broma.
—Es verdad, así es fácil perder hasta diez rublos de plata —dijo Polozov a Liza, deseando trabar conversación con ella.
—Pero ¿no jugamos con asignados, acaso? —preguntó Ana Fiodorovna, volviéndose hacia todos.
—Ignoro cómo se cuentan los asignados —replicó Turbin—. Mejor dicho, ignoro lo que son los asignados.
—Ahora ya nadie juega con asignados —intervino el tío, que jugaba a golpe seguro y estaba ganando.