Cuentos populares
Cuentos populares Ana Fiodorovna mandó que sirvieran un refresco. Después de beber dos copas, se puso muy colorada; y, desde ese momento, pareció que ya nada le importaba. Ni siquiera se preocupó de arreglar un mechón de cabellos grises que le asomaba por debajo de la cofia. Sin duda, se figuraba haber perdido millones y hallarse en una situación sin salida. El corneta daba, cada vez más a menudo, golpecitos a Turbin, que apuntaba las pérdidas de la vieja. Cuando acabaron, Ana Fiodorovna se esforzó en aumentar las pérdidas de los demás y en fingir que se equivocaba en los cálculos, pero al fin se vio obligada a reconocer que había perdido una cantidad enorme.
—Resultarán nueve rublos, ¿verdad? —preguntó repetidas veces sin entender el alcance de lo que había perdido hasta el momento en que su hermano le explicó que eran treinta y dos rublos en asignados y que debía pagarlos sin remedio.
Sin contar lo que había ganado, el conde se levantó y, acercándose a la ventana junto a la cual Liza sacaba de un tarro setas saladas para la zakuska, empezó a hablar con ella del tiempo, con toda naturalidad, cosas que no había logrado en toda la velada.
Mientras tanto, el corneta estaba en una situación violenta. Ana Fiodorovna se mostró seriamente enfadada en cuanto se hubo separado de ella Liza, que había sostenido su buena disposición de ánimo.