Cuentos populares

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—Es violento el haberle ganado a usted —dijo Polozov, por decir algo.

—Yo no sé jugar a estos juegos tan raros. Dígame: ¿cuánto resulta en asignados?

—Treinta y dos rublos, treinta y dos cincuenta —repitió el antiguo oficial de caballería, que tenía deseos de bromear porque él también había ganado—. Venga ese dinero, hermana… Venga ese dinero…

—Te lo daré; pero no me volverás a coger en otra. ¡No podré recuperar esa cantidad en toda mi vida!

Ana Fiodorovna se fue a su habitación con sus andares balanceantes y volvió de allí con nueve rublos. Pero, gracias a la insistencia de su hermano, acabó pagando lo que debía.

La habitación en la que habían puesto la mesa para cenar estaba iluminada por dos velas. Las llamas vacilaban impulsadas por la cálida brisa de la noche de mayo. También entraba claridad por la ventana que daba al jardín, aunque era muy distinta. La luna casi llena iba perdiendo su matiz dorado y, al remontarse por encima de la copas de los tilos, iluminaba vivamente las tenues nubecillas. Croaban las ranas en el estanque, que se veía a través del follaje de la alameda, iluminando por un lado por los rayos de la luna. En un arbusto de lilas, al pie de la ventana, revoloteaban unos pajarillos.


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