Cuentos populares

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—¡Qué tiempo tan hermoso! —exclamó el conde, al acercarse a Liza; y se sentó en el alféizar de la ventana—. Me figuro que paseará mucho…

—Por las mañanas, a eso de las siete, suelo recorrer toda la finca, y aprovecho para dar un paseo con Pimochka, la niña que ha recogido mamá —contestó Liza, sin la menor turbación.

—¡Es muy agradable vivir en la aldea! —comentó Turbin; y, poniéndose el monóculo, miró al jardín y después a Liza—. ¿No suele pasear en las noches de luna?

—No; hace tres años solía dar un paseo con mi tío, porque padecía de una enfermedad extraña. Con luna llena no podía dormir. Ésta es su habitación; como da al jardín, la luz le entra directamente.

—Es raro —observó Turbin—. Creí que esta habitación era la de usted.

—Solamente por esta noche, porque ustedes ocupan la mía.

—¿Es posible?… ¡Oh Dios mío!… ¡No me perdonaré en la vida haberle causado esta molestia! —exclamó el joven, quitándose el monóculo—. Si hubiera sabido que iba a importunarla…


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