Cuentos populares

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—¡No es ninguna molestia! Al contrario, me alegra mucho estar aquí. La habitación del tío es tan simpática y alegre, con su ventana bajita… Podré quedarme sentada en ella hasta que me entre sueño o bajar al jardín para dar un paseo de noche.

«Qué muchacha tan agradable», pensó Turbin, que se había vuelto a poner el monóculo para mirarla. Luego, como si quisiera cambiar de postura, hizo todo lo posible por tocar el pie de Liza con el suyo. «Con cuánta picardía me ha dado a entender que puedo verla en el jardín junto a la ventana», pensó; y le pareció tan fácil conquistarla, que Liza perdió ante sus ojos la mayor parte de su encanto.

—¡Qué felicidad tan grande pasar una noche así en el jardín con el ser amado! —dijo, fijando los ojos con expresión pensativa en las oscuras alamedas.

Liza se turbó un poco al oír estas palabras y también por el repetido roce del pie de Turbin, que pretendía ser casual. Dijo lo primero que se le ocurrió, con tal de ocultar su turbación.

—Sí; es agradable pasear en las noches de luna.

Pero, sintiéndose molesta, tapó el tarro de las setas y se dispuso a retirarse cuando se acercó el corneta, y la muchacha sintió deseos de saber algo de él.

—¡Qué noche tan hermosa! —exclamó Polozov.

«No hacen más que hablar del tiempo», pensó Liza.


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