Cuentos populares

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—Duclos ¿por qué vociferas? Vámonos arriba —intervino un tercero, tirando de él con una mano, mientras abrazaba con la otra a su amiga, una mujer de rostro encendido y de ojos negros y brillantes, que llevaba un vestido escotado de color rosa y reía a carcajadas.

De pronto, Duclos se quedó callado y, conteniendo la respiración, miró a sus compañeros. Después, adoptando la expresión extraña y decidida que le era propia cuando intervenía en una riña, se acercó vacilando al marinero que abrazaba a su amiga y los separó de un golpe.

—¡Apártate! ¿Acaso no ves que es tu hermana? Todas son hermanas de alguien. Como Francisca, que es la mía. ¡Ja, ja, ja! —sollozó; y sus sollozos parecían carcajadas.

Al decir estas palabras, se tambaleó y, levantando los brazos, cayó de bruces. Empezó a revolcarse por el suelo dando golpes con los pies y las manos, mientras emitía un estertor semejante al de un moribundo.

—Hay que acostarlo. No vaya a ser que lo detengan por la calle —dijo uno de los marineros.

Cogiendo en brazos a Celestino, lo llevaron arriba, a la habitación de Francisca, donde lo acostaron.


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