Cuentos populares

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—No sé; no tengo la culpa —dijo Francisca, llorando con más desesperación—. ¿Cómo hubiera podido reconocerte? ¿Acaso eras así cuando me fui? Lo que me extraña es que no te dieras cuenta de que era yo.

—¡Ay! ¡Veo a tantos hombres, que todos me parecen iguales! —exclamó Francisca, haciendo un gesto de desesperación con la mano.

Celestino Duclos sintió que se le atenazaba el corazón, tan dolorosamente, que tuvo deseos de gritar, de llorar como un niño pequeño cuando le pegan. Apartó a su hermana; y, poniéndose en pie, le cogió la cabeza entre sus manazas de marinero y le examinó la cara. Poco a poco reconoció a aquella chiquilla delgadita y alegre que dejara en su casa, con sus padres y hermanos, a quienes ella había tenido que cerrar los ojos.

—¡Sí, eres tú, Francisca, hermana mía! —exclamó, y repentinamente le apretaron la garganta unos sollozos terribles, varoniles, semejantes al hipo de un borracho.

Inclinó la cabeza y lanzó un grito salvaje, al tiempo que daba un puñetazo tan fuerte en la mesa, que salieron despedidos los vasos, haciéndose añicos.

Sus compañeros se fijaron en él.

—¡Mirad cómo se ha emborrachado! —exclamó uno de ellos.

—¡Basta ya, no grites! —dijo otro.


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