Cuentos populares
Cuentos populares —Murieron de pronto, en el intervalo de un mes. ¿Qué iba a hacer? Me quedé sola. Tuve que vender todo para pagar los gastos de la botica, al médico y los entierros de los tres… y me quedé con lo puesto. Me coloqué de criada en casa del señor Cachot…, de aquel cojo ¿lo recuerdas? Acababa de cumplir los quince años. Aún no tenÃa catorce cuando te fuiste. Tuve un desliz con él… Ya sabes lo tontas que somos las mujeres. Después estuve de niñera en casa de un notario y con él pasó lo mismo. Al principio, me mantuvo y me pagó un piso; pero eso duró poco. Terminó abandonándome. Pasé tres dÃas sin comer y sin poder encontrar una colocación hasta que, finalmente, vine aquÃ, lo mismo que hacen otras.
Mientras hablaba, caÃan de sus ojos raudales de lágrimas, que se deslizaban por las mejillas y se le introducÃan en la boca.
—¡Qué hemos hecho! —exclamó Celestino Duclos.
—Creà que tú también habÃas muerto. ¿Acaso es por mÃ? —susurró la moza, a través de las lágrimas.
—Pero ¿cómo no me has reconocido? —replicó Duclos, también en voz baja.