Cuentos populares

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Cuando le entregué al capitán el regalo de su madre (estábamos en mi casa), me pidió papel de envolver, lió cuidadosamente la imagen y la guardó. Le conté muchos detalles de la vida de su madre; el capitán me escuchó en silencio. Cuando acabé de hablar, se retiró a un rincón, donde estuvo atacando la pipa durante largo rato.

—Sí, es muy buena mi viejecita —dijo desde allí, con voz sorda—. ¿Me concederá Dios volver a verla?

Estas sencillas palabras reflejaban un gran amor y una gran pena.

—¿Por qué sirve usted aquí? —pregunté.

—Hay que hacerlo —replicó, persuadido— y el cobrar una paga doble es muy importante para un hombre pobre.

El capitán vivía haciendo economías: no jugaba a las cartas, rara vez asistía a diversiones y fumaba tabaco de ínfima calidad. Ya anteriormente me había gustado: tenía uno de esos rostros rusos, sencillos y serenos, a los que se puede y agrada mirar a los ojos; pero después de esa charla sentí hacia él un verdadero respeto.


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