Cuentos populares
Cuentos populares Tal vez al teniente le agradara la compañía de mujeres de la buena sociedad y de personas importantes —generales, coroneles, ayudantes de campo— incluso estoy seguro de que le gustaba mucho, porque era ambicioso en sumo grado; pero consideraba como un deber ineludible mostrar su lado grosero a toda la gente importante; sin embargo sus groserías no dejaban de ser comedidas. Cuando aparecía alguna dama en la fortaleza, se creía en el derecho de pasear al pie de sus ventanas acompañado de sus amigos, vestido con una camisa roja, y unas botas sobre los pies descalzos, gritando y lanzando imprecaciones. Pero todo esto no lo hacía tanto por un deseo de ofenderla como para mostrarle sus hermosas piernas y darle a entender que la enamoraría siempre que quisiera. A veces, por las noches, se iba con dos o tres tártaros pacíficos a las montañas y se situaba en el camino para acechar y matar a los rebeldes que pasaban; aunque su corazón le había dicho más de una vez que aquello no representaba ninguna valentía, se creía obligado a hacer sufrir a la gente de la que parecía estar desengañado y a la que parecía despreciar y odiar. Nunca se separaba de dos objetos: una gran imagen que llevaba al cuello y un puñal con el que incluso dormía. Estaba firmemente convencido de que tenía enemigos, y constituía para él el máximo placer llegar a la conclusión de que debía vengarse de alguien y borrar la ofensa con sangre. Estaba seguro de que el odio, la venganza y el desprecio hacia el género humano era los sentimientos poéticos más elevados. Pero su amante —una circasiana, como es natural— a la que posteriormente conocí, decía que era el hombre más bondadoso y dulce del mundo y que todas las noches escribía sus tenebrosas notas al mismo tiempo que echaba las cuentas sobre papel cuadriculado y rezaba de rodillas. Había sufrido mucho para hacerse pasar ante sí mismo por el hombre que quería ser, y porque sus compañeros y los soldados no podían entenderlo como él hubiera querido. Una vez, en una de sus expediciones nocturnas en compañía de sus amigos, después de herir en una pierna a un chechén rebelde, consiguió capturarlo. El chechén vivió durante siete semanas con el teniente, que lo atendió y lo cuidó como a un amigo querido; y, una vez curado, lo dejó irse, haciéndole muchos obsequios. Poco después, durante una expedición en que el teniente retrocedía defendiéndose del enemigo, oyó que alguien lo llamaba por su nombre desde las filas contrarias; y su amigo, al que había herido en aquella ocasión, se adelantó, invitando al teniente a hacer lo mismo por medio de señas. El teniente se acercó a su amigo y le estrechó la mano. Los montañeses permanecían algo retirados y no disparaban; pero en cuanto el teniente volvió al caballo, varios hombres tiraron contra él y una de las balas pasó rozándole la espalda. Otra vez, presencié de noche un incendio que dos compañías de soldados trataban de extinguir. Entre la multitud apareció de pronto la alta figura de un hombre que montaba un caballo negro, iluminada por las llamas rojas. Se abrió paso entre la muchedumbre avanzando hacia las llamas. Al llegar junto al fuego, el teniente se apeó de un salto y entró corriendo en la casa que ardía. Al cabo de cinco minutos salió, con los cabellos chamuscados y un codo quemado, llevando debajo del brazo dos palomos que había salvado de las llamas.