Cuentos populares
Cuentos populares Entre estos oficiales se hallaba también el joven abanderado que había pasado junto a nosotros por la mañana. Estaba muy divertido; le brillaban los ojos, se le trababa ligeramente la lengua, quería abrazar a todo el mundo y demostrar su afecto… ¡Pobre muchacho! No sabía aún que eso podía resultar ridículo, que su franqueza y su ternura hacia todos no predisponía al afecto que él deseaba, sino a la burla; tampoco sabía que, cuando finalmente, se arrojó sofocado en un capote y se apoyó en el codo, echando hacia atrás su espesa cabellera negra, estaba extraordinariamente hermoso. Otros dos oficiales se hallaban sentados junto a un furgón y jugaban a las cartas.
Yo escuchaba con curiosidad las conversaciones de los soldados y de los oficiales, examinando atentamente la expresión de sus rostros; pero no hallé siquiera una sombra de la inquietud que experimentaba; las bromas, las risas, los relatos expresaban la despreocupación general y la indiferencia hacia el próximo peligro. ¡Era como si no se pudiera suponer que algunos no les estaba predestinado volver por aquel camino!