Cuentos populares
Cuentos populares Hallé a mi conocido en el piso bajo de la casa que habitaba el general. Apenas le hube explicado mi deseo, que él encontró factible, pasó ante la ventana junto a la que nos hallábamos sentados el hermoso coche en el que yo habÃa reparado, deteniéndose al pie de la escalinata. Un militar, alto y esbelto, que llevaba uniforme de infanterÃa con insignias de comandante, se apeó del coche y entró en la casa del general.
—¡Oh! Le ruego que me perdone —me dijo el ayudante de campo levantándose—. Debo anunciar sin falta esta visita al general.
—¿Quién es? —pregunté.
—La condesa —respondió; y, abrochándose la guerrera, corrió escaleras arriba.
Al cabo de unos minutos salió a la escalinata un hombre de mediana estatura, pero muy apuesto, que vestÃa una guerrera sin charreteras y lucÃa una cruz blanca en el ojal. Salieron en pos de él el mayor, el ayudante y otros dos oficiales. Los andares, la voz y los movimientos del general mostraban al hombre que tiene conciencia de su elevado valer.
—Bonsoir, madame la comtesse —dijo, tendiendo la mano por la ventanilla del coche.
Una pequeña mano enguantada estrechó la del general y una bella cabecita de rostro risueño, con sombrero amarillo, asomó por la ventanilla.