Cuentos populares

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Después de descansar y de arreglarme un poco, me dirigí a casa de un ayudante de campo conocido mío, para rogarle que le expusiera mi propósito al general. Al salir de la fortaleza paréme en el camino y vi pasar junto a mí lo que no hubiera esperado encontrarme en aquel sitio: un hermoso coche de dos asientos en el que se divisaba un sombrerito de última moda y en el que se oía una conversación en francés. Por la ventana abierta de la casa del comandante, llegaban hasta mí los acordes de Lsianka o de la polca Katienka, ejecutada en un piano malo y desafinado. En un despacho de vinos, junto al que pasé, unos cuantos escribientes sentados ante unos vasos de vino, fumaban y uno de ellos decía: «Diga usted lo que quiera… pero en cuanto a política, María Grigorievna es la primera de nuestras damas». Un judío encorvado, de rostro enfermizo, con una levita raída, arrastraba un desvencijado organillo que llenaba la fortaleza con acordes de la parte final de Lucía. Dos mujeres, con vestidos que crujían, chales de seda y unas sombrillas de colores vivos, pasaron junto a mí por la acera de madera. Dos muchachas, una vestida de rosa y la otra de azul a pelo, se hallaban junto a la explanada de una casa baja y reían con risa afectada, con el evidente propósito de llamar la atención de los oficiales que pasaban. Los militares, con sus guerreras nuevas, guantes blancos y brillantes charreteras, se pavoneaban por las calles y el bulevar.


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