Cuentos populares
Cuentos populares A las diez de la noche, las tropas debían ponerse en marcha. A las ocho y media monté a caballo y me dirigí a casa del general; pero, suponiendo que éste y su ayudante estarían ocupados, me detuve en la calle y, atando el caballo a la reja, me senté en la explanada, con el propósito de seguir al general en cuanto saliese.
El calor y la claridad del sol se habían sustituido ya por el frescor de la noche y por la luz tenue de la luna nueva, que, formando en torno suyo un semicírculo pálido en el cielo azul oscuro sembrado de estrellas, empezaba a remontarse; aparecieron luces en las ventanas de las casas y en las rendijas de los postigos de las chozas. Las altas verjas de los jardines que se destacaban en el horizonte por detrás de las enjalbegadas chozas de tejados de cañas, iluminadas por la luna, parecían aún más altas y más negras.
Las largas sombras de las casas, de los árboles y de las vallas, caían graciosamente sobre el camino claro y polvoriento… En la orilla del río croaban sin cesar las ranas (las ranas del Cáucaso emiten sonidos completamente distintos del croar de las ranas de Rusia); por las calles se oían pasos acelerados y conversaciones, o el galopar de algún caballo; desde el fuerte llegaban, de cuando en cuando, los sones de un organillo: tan pronto tocaba Aúlla el Viento como el Vals de la Aurora.