Cuentos populares
Cuentos populares No diré en qué pensaba, primeramente porque me daría vergüenza reconocer las sombrías ideas que importunaban sin tregua mi alma cuando a mi alrededor observaba tanta alegría y tanto contento; y, en segundo lugar, porque esto no tiene nada que ver con mi relato. Me ensimismé tanto, que no me di cuenta de que la campana dio las once ni de que el general había pasado junto a mí con su séquito.
Monté apresuradamente y me lancé en pos del destacamento.
La retaguardia se hallaba todavía en las puertas del fuerte. Me fue difícil abrirme paso por el puente entre los cañones, los arcones, los carros del regimiento y los oficiales, que daban órdenes en voz alta. Al salir por las puertas, adelanté la fila de soldados, que se extendía casi a lo largo de una versta, avanzando en silencio en medio de la oscuridad, y alcancé al general. Al pasar junto a la artillería con sus cañones alineados, entre los cuales caminaban los oficiales, me hirió, como una disonancia ofensiva en medio de la solemne armonía del silencio, una voz que gritó en alemán: «¡Eh, dame fuego!» y la de un soldado que exclamó: «¡Chevchenko, el teniente pide fuego!».