Cuentos populares
Cuentos populares La mayor parte del cielo se cubrió de alargadas nubes de un gris oscuro; sólo aquí y acullá brillaban pálidas estrellas. La luna se ocultó en el cercano horizonte tras las negras montañas que se divisaban a la derecha, arrojando sobre sus cimas una luz débil y vacilante, que contrastaba bruscamente con la impenetrable oscuridad que cubría sus faldas. El aire era cálido y tan sereno que no agitaba una sola brizna de hierba, ni una nubecilla. Era tal la oscuridad, que resultaba imposible definir los objetos a la distancia más corta; a los lados del camino se me figuraba ver rocas, animales o seres extraños y sólo me daba cuenta de que eran unos arbustos al oír el murmullo de sus hojas y percibir el frescor del rocío que los cubría.
Veía ante mí una barrera compacta y vacilante, seguida de unas cuantas manchas que se movían: era la vanguardia de la caballería y el general con su séquito. Nos seguía una masa tan sombría y oscura como la primera, pero más baja: la infantería.