Cuentos populares

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La alta figura del teniente Rosenkrantz dejaba ver aquí y allá; daba órdenes sin cesar y presentaba el aspecto de un hombre muy preocupado. Lo vi salir de una choza con expresión triunfante; lo seguían dos soldados conduciendo a un viejo tártaro maniatado. El viejo, que por toda ropa llevaba una harapienta casaca abigarrada y unos calzones rotos, era tan endeble que sus huesudos brazos, fuertemente sujetados a la espalda, parecían desprenderse de sus hombros, y apenas si podía levantar sus torcidas y desnudas piernas para andar. Su cara y hasta parte de su cabeza afeitada estaban surcadas de arrugas; su boca torcida desdentada, rodeada de unos bigotes canosos recortados y de una barba, se movía sin cesar, como si masticara algo; pero en sus ojos enrojecidos, desprovistos de pestañas, brillaba aún una luz que expresaba manifiestamente indiferencia por la vida.

Rosenkrantz le preguntó, por medio del intérprete, por qué no se había marchado.

—¿Dónde iba a ir? —replicó el anciano, mirando a un lado, con expresión serena.

—Con los demás —observó alguien.

—Los djiguits han ido a luchar con los rusos; pero yo soy viejo.

—¿Acaso no temes a los rusos?

—¿Qué pueden hacerme? Soy viejo —repitió, mirando con indiferencia al círculo que se había formado en torno suyo.


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