Cuentos populares

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Cuando regresábamos, vi al viejo, descubierto y maniatado, balancearse en la silla del caballo de un cosaco; seguía mirando a su alrededor con la misma expresión de indiferencia. Era imprescindible llevárselo para el canje de prisioneros.

Me encaramé en el tejado y me instalé junto al capitán.

—Me parece que los enemigos no eran muy numerosos —le dije, deseando saber su opinión acerca de las recientes operaciones.

—¿Acaso se puede llamar enemigos a éstos?… Ya verá usted esta noche, cuando empecemos a retirarnos, ya verá cómo nos van a acompañar. ¡Saldrá una infinidad de ellos! —añadió, indicando con la pipa el sendero del bosque que habíamos atravesado por la mañana.

—¿Qué es esto? —pregunté, inquieto, interrumpiendo al capitán y mostrándole un grupo de cosacos del Don que se había reunido en torno de algo.

Desde el lugar donde estaban reunidos se oyeron unos lamentos parecidos al llanto de un niño y las palabras:

—¡Eh, no le des un hachazo…! Espera… que pueden verte… Evstigneiech ¿tienes una navaja?

—Se están repartiendo algo estos bandidos —replicó el capitán, con serenidad.


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