Cuentos populares
Cuentos populares Apenas nos habÃamos alejado unas trescientas sajenas del pueblo, comenzaron a caer sobre nosotros los proyectiles enemigos. Vi cómo un soldado caÃa muerto de un balazo… Pero ¿para qué contar detalles de este horroroso espectáculo, cuando yo mismo darÃa lo que fuera para olvidarlo?
El teniente Rosenkrantz en persona disparaba su fusil sin tregua; con voz ronca les gritaba a los soldados y corrÃa rápidamente de un extremo a otro de la fila. Estaba algo pálido, cosa que iba muy bien a su rostro de expresión marcial.
El apuesto alférez estaba enardecido; sus hermosos ojos negros brillaban con expresión de temeridad; su boca sonreÃa ligeramente y, a cada momento, se acercaba al capitán, pidiéndole permiso para atacar.
—¡Los rechazaremos! —decÃa con persuasión—. ¡Los rechazaremos sin falta!
—No debemos hacerlo —respondÃa tÃmidamente el capital—. Tendremos que retirarnos.